Nueva publicación de la 

Secretaría de Relaciones Exteriores

 

 

Arte, propaganda y diplomacia cultural

“Carta que el Excmo. Sr. Presidente de la República don José Joaquín de Herrera dirige a Su Santidad Pío IX con motivo de su exilio en Gaeta” 

México, SRE/Acervo Histórico Diplomático, 2016. 

Precio: $286.00

 

Tras la consumación de la Independencia Nacional, el gobierno de México procuró el reconocimiento internacional como Estado independiente. En consideración a que México se definió a sí mismo como un Estado católico, el establecimiento de relaciones diplomáticas con la Sede Apostólica obtuvo la mayor prioridad hasta que, superada la oposición de España al reconocimiento de México, el papa Gregorio XVI reconoció la independencia en noviembre de 1836, quedando así plenamente establecidas las relaciones entre México y la Santa Sede, con Manuel Díez de Bonilla como ministro extraordinario y plenipotenciario de México en Roma.
Esta amistad se estrechó aún más cuando en 1849 las revueltas liberales de la República Romana obligaron al papa Pío IX a autoexiliarse y buscar refugio fuera de Roma. Fue entonces que, consternados por la suerte del papado, el presidente José Joaquín de Herrera y el canciller Luis G. Cuevas, ofrecieron México como tierra de asilo para el desterrado pontífice enviando, a la par, un cuantioso donativo para sufragar sus gastos del viaje a América. Si bien el papa declinó la oferta presidencial, decidió nombrar en 1851 a monseñor Luigi Clementi como el primer delegado apostólico en México.
La “Carta que el Excmo. Sr. Presidente de la República don José Joaquín de Herrera dirige a Su Santidad Pío IX con motivo de su exilio en Gaeta”, con un estudio introductorio de David A. Olvera Ayes, es la primera edición facsimilar de los Grandes documentos de la Cancillería Mexicana, editada con motivo de la visita pastoral de Su Santidad el papa Francisco a México.
De su lectura se desprende la importancia que México concedió a la relación con la Santa Sede desde los albores de su vida independiente y el alto aprecio y respeto filial que entonces, como hoy, profesan muchos mexicanos por la figura del pontífice romano.